La mesa de los domingos, el aire fresco y el sol. Las ganas de abrazar la vida y agradecerle por todo lo que nos da. Las ganas de vivir sin explicar el por qué de muchas cosas, las ganas de mirar a los ojos al mundo y gritar que no se puede vivir preso del pasado.
Levantarse, estirar los brazos, abrir los ojos y darme cuenta de que todo sigue ahí, como lo recuerdo. Que nada cambio.
Seguir los pasos que di hasta llegar a ser lo que hoy soy y no arrepentirme de ser quien quiero ser, no temer a que el futuro me traiga nuevas formas de ver la realidad y quererme. El principio del fin empieza en quererme como siempre fui, y no querer que el universo se complote para hacer que esto cambie. Es aceptar. Aceptar que la vida no tiene más que traernos a lo que supimos entregar y supimos ser, por eso mismo me alegro de que todo siga su camino, que aunque no estes conmigo y aunque no estemos después de tanto tiempo, podamos ser.
Aún recuerdo todos los domingos que me extrañe. Porque soy esto. No hay mucho más.
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