Debo admitir que puedo llegar a ser demasiado romántica, y por ello un tanto soñadora. Sin embargo, ya estoy harta de las migajas de amor; creo que quiero y merezco algo mejor. Me acostumbré demasiado a aquellos hombres que no deseaban luchar por mí, que sólo querían algo fácil. Me acostumbré también a aquellos hombres que creen que debo decir que sí, siempre y a todo, y que piensan que sólo por prestarme atención ya debo complacerles a cada momento.
Es verdad que mi carácter es algo complicado, pero no por ello merezco hombres pusilánimes que no se atrevan a entregarse. Yo sé lo que quiero y voy por ello, y ya estoy cansada de tener que lidiar con personas que son más una carga que una compañía. Soy una mujer completa y no necesito de nadie para cumplir mis metas y alcanzar la felicidad; si alguien me quiere acompañar, bueno, si no, pues sepan que no estoy desesperada por encontrar a la pareja de mis sueños.
Ya me harté de los hombres de medio tiempo, esos que no se saben poner los pantalones, que tienen un cariño con horario, que no te cuidan pero tampoco te sueltan, que son mentirosos… esos hombres en los que no puedes confiar y con los cuales no puedes contar cuando estás en dificultades. No estoy generalizando, sé que no todos los hombres son iguales; mi crítica va para aquellos que no se responsabilizan de su pareja, que no saben cumplir y que traen a nuestra vida más problemas que alegrías.
Hay una lección que todas las mujeres deberíamos aprender: no importa cuánto amemos a alguien, nadie, absolutamente nadie es indispensable en nuestra vida. Mucho menos un hombre que no vale nuestras lágrimas. Es un error pensar que el hombre del que estamos enamoradas es la única persona sobre la faz de la tierra. Sin embargo, es asombroso cuántas mujeres se comportan como si lo fuera, como si nadie más pudiera amarlas. Es muy lamentable.


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